viernes, 10 de mayo de 2013

Semana de la enfermería


El día 12 de mayo será Día Internacional de la Enfemería, y en EEUU y Canadá se suele celebrar la semana entre el 9 y el 15. Sea como sea, creo que estos días merecen ser aprovechados para mencionar algunas cosas importantes.

Mucha gente desconoce qué es la enfermería hoy en día. Yo mismo considero que aún no termino de tener 100% claro cuáles son exactamente las competencias, aunque me dan un poco igual porque creo en el trabajo en equipo por encima de los leguleyos. El caso es que muchas personas consideran que son cosas que no son. No son ayudantes, ni secretarios, ni "el servicio", son profesionales de la salud con un determinado perfil dedicado (de forma simplificada) a los cuidados tanto del individuo como de la comunidad, ya sea sano o enfermo: su diseño, planificación y realización. Esto los hace estar, quizás, más a pie de cama que a los médicos, más cerca del paciente y durante más tiempo, les permite detectar detalles que a nosotros se nos escapan y en los que no estamos formados.

Hoy en día, gracias al auge del enfoque biopsicosocial y holístico de las ciencias de la salud, las fronteras entre los distintos profesionales se disipan, permitiendo una integración mucho mejor y más funcional para el bien de los usuarios de un determinado sistema sanitario, y que además enriquece por la comunicación multidireccional e interdisciplinaria que se establece.

Pero quitando todo esto de teoría explicativa y que suena tan bonito, yo tengo que bajarme de esa nube para hablar de la realidad, de mi realidad. Tengo amigos muy queridos y cercanos que son enfermeros, y de ellos he aprendido un montón de cosas. A ellos les envidio una formación más centrada en el enfermo y menos centrada en la enfermedad. Y les envidio aún más una amplitud de técnicas instrumentales que yo, a estas alturas del partido, no sé manejar y ni siquiera sabría por dónde empezar.

Por supuesto, como en botica, hay de todo. Me he encontrado en mis prácticas enfermeros con los que da auténtico gusto trabajar, y gente a la que preferirías no ver nunca. Lamentablemente, hay determinados sectores, sobre todo etarios, que arrastran prejuicios y malos ambientes, no solo entre el personal de enfermería, sino también entre los médicos. Pero por suerte, en mi experiencia, han sido las excepciones. Yo tengo que agradecer profusamente a muchos y muchas por haber sido los compañeros de los estudiantes, soplándonos respuestas por detrás para no darnos muy de bruces con el método socrático de algunos médicos, por sentarse con nosotros a enseñarnos a hacer las cosas que nadie nos enseña, por encenderlos la lucecita de fijarnos en los detalles que damos por sentado. Tengo que agradecer sobre todo a muchos estudiantes de enfermería que nos han visto como compañeros y han sido a veces más docentes que todo el resto del equipo. A los que me pusieron una batea con todo el material para poner una vía en urgencias y me dijeron: "Hala, todo tuyo", les debo un poquito de mi independencia futura en la clínica, y la seguridad de saber lo que hago y lo que hacen otros; a los que me dijeron: "Si tú te atreves, por mí perfecto", cuando pregunté si podía poner una sonda nasogástrica; a quien me dijo algo que algunos médicos (no todos, ¿eh?) no tienen en cuenta: "El paciente viene asustado, y no conoce a nadie aquí dentro. Si le sonríes y le llamas por su nombre, y le explicas qué vas a hacer en cada momento, estás haciendo la mitad del trabajo de cuidado de antemano, y el resto fluirá como la seda porque confía en ti". Y no solo a ellos, sino también a los que me invitaron a café en el office cuando los médicos pasaban de nosotros (y cuando no también), a los que no me preguntaron "¿Tú de qué carrera eres?" sino que me trataron como a una persona más, a los que me alegro de saludar por los pasillos.

Estoy seguro de que el día de mañana no solo voy a agradecer el ser el mejor profesional que puede salir de este feto de médico casi a punto de salir a los profesores médicos que he tenido, sino también a más de un enfermero. Y espero no ser el único de los médicos (y enfermeros) de mi generación que piense así, que las ideas separatistas y jerarquizadas sean solo una reliquia del pasado. Y que eso llegue a la gente de fuera.

lunes, 6 de mayo de 2013

MIRando 3 - De nervios, cerebros y una tendencia ascendente


Esta pasada semana fue la semana acelerada de la Neurología, y de nuevo, no me ha dado tiempo a mirármela toda. Lamentablemente, las premoniciones de compañeros ya eméritos sobre un sexto curso relajadísimo y sin ningún tipo de presión no han hecho más que desmoronarse una tras otra. Por un lado, que si orla para arriba y orla para abajo. Aunque, todo sea dicho, ¿quién me manda a meterme en dos de las comisiones encargadas de algo para la orla? Y entre asignaturas de libre configuración, trabajos para varias asignaturas, y un largo etcétera, acaba uno bastante saturado. 

Sea como sea, la Neurología y la Neurocirugía son dos de las ramas de esta nuestra querida profesión, que a muchos de mi facultad nos cojea como esa mesa de Ikea a la que le faltó el tope Ströngåld pero nos dio pereza buscar e imposibilita dejar descansar un café sobre ella sin teorizar sobre el caos a lo Jurassic Park. ¿Por qué? Pues por eso de los exámenes repetidos, detalle que no me corto en comentar dado que ya desapareció del panorama universitario el vetusto y adorable profesorcillo responsable de la asignatura que para mí siempre fue una mezcla de dos profesores de la imaginaria Hogwarts. El profesor Flitwick, enano, y el profesor Binns, el fantasma que daba Historia de la Magia. Esta última comparación se debe fundamentalmente al apego que tenía este profesorcillo que llamaré Dr. Binnswick a las transparencias. Y cuando digo transparencias lo digo con todas las letras. En plena era del paguapóin (o PowerPoint, para los más marisabidillos), el Dr. Binnswick cogía el proyector que acostumbraba a coger polvo en el rincón y, valga la redundancia, desempolvaba sus transparencias con unos sobrios y espartanos rótulos en Times New Roman. A lo que iba antes de que me atrajeran los cerros de Úbeda, era a que aunque ahora el renovado profesorado ha cambiado los estándares, anteriormente aprobar Neurología era un ejercicio de memoria fotográfica con los exámenes repetidos.

Dice la academia que solo debe uno subrayar aquello que sea importante de cara al examen y que no sepamos y ni siquiera podamos deducir con nuestros anteriores conocimientos. Claro, cuando ves que el azul del marcador empieza a ser el color salvaje del texto, sabes que algo no va del todo bien. Exactamente, la mesa cojea. Pero en fin, tampoco es que a uno no le suene absolutamente nada, y he de reconocer que a veces subrayo con cierto ánimo compulsivo "por si se me olvida"; pero lo cierto es que me ha venido muy bien.

Y llegó el sábado, y con él el simulacro. Respecto al tiempo, superé en 11 minutos mi anterior tardanza; vamos, 3 horas y 22 minutos de las famosas "cinco horas improrrogables". Pero el resultado me sorprendió muy gratamente. El anterior simulacro ya me fue estupendamente, más aún teniendo en cuenta que no me he preparado aún, pero es que éste ha salido mejor. Dos simulacros es poco para hablar de una tendencia real, pero sea como sea, me ha animado muchísimo a pensar que con esfuerzo podré conseguir lo que me propongo, y que parto de una base más que buena para empezar a estudiar, lo cual me tranquiliza enormemente de cara a la preparación del MIR.

Esta semana, Digestivo y Cirugía General, una asignatura que me gusta notablemente más que las anteriores (Cardio y Neuro), aunque en cuanto al tiempo me veo casi más pillado que antes. Empieza una asignatura de que me va a exigir bastante, más aún teniendo en cuenta que es de libre configuración, y que me quita cuatro horas cada tarde. Ya veremos qué tal, y ya les contaré.

martes, 30 de abril de 2013

MIRando 2 - Mi primer simulacro


Pues el pasado sábado hice mi primer simulacro. Antes ya me había mirado preguntas MIR, pero la mañana del sábado —aunque estaba programado para por la tarde— me encerré en mi habitación con zumitos y chocolatinas, me puse el reloj, me aislé del mundo y hala. Como si fuera el día M, respondiendo preguntas sin tino.

Esta semana pasada se suponía que me tocaba cardio, y sí, me la miré, pero mis queridos amigos de Medicina Legal y sus interminables seminarios hacen que fuera una empresa bastante complicada la de poder echarle un par de horitas a la semana a leerme el manual con un pizco de fundamento. Así que cuando me puse a responder preguntas de cardiología y me vi en la luna de Valencia, me empecé a sentir un poco avergonzado. La cosa es que ya luego entré en modo zen y me puse a dar cera y pulir cera, y si fallaba, pues fallaba.

Pero luego al corregir, la verdad es que me he llevado una grata sorpresa. Estoy bastante tranquilo con mi resultado, sobre todo teniendo en cuenta que no he estudiado prácticamente nada. Ya me han dicho compañeros que han pasado ya por la academia que cuando empiece a estudiar de verdad ya los simulacros serán un poco más duritos de pelar. Pero de momento, a pesar de que mi fase de contacto esté bastante intervenida por las inclemencias de los horarios de la facultad y la organización de la orla, me quiero centrar sobre todo en los aspectos más instrumentales del examen:

  • Manejo del tiempo: son 5 horas improrrogables, eso dice la hoja de normas del examen. La academia aconseja dividirte conceptualmente en bloques más o menos parejos de preguntas para responderlas en un determinado tiempo y pasarlas a la plantilla de respuestas. En esto, pues normalmente no tengo problemas de tardanza. Más bien al contrario, si tengo problemas es de prisas. Cuando me entusiasmo y cuando me agobio mi reacción es la misma: correr. Y tengo que empezar a controlar eso.
  • Manejo de la duda: esto no es un problema. Soy una persona muy pragmática. ¿Si dudo incluso entre cuatro sale más a cuenta responder? No me da miedo. La estadística es mi amiga... o eso espero.
  • Concentración y atención: si yo hubiera nacido diez años más tarde seguramente ahora mismo estaría a atomoxetinas y metilfenidatos con mi TDAH. Tengo una capacidad de atención relativamente limitada. Como decimos por mis lares, se me va el baifo (= cabritillo), o sea que me despisto mucho. Y me he dado cuenta al corregir las preguntas, porque incluso releyéndolas, las prisas me traicionan y acabo respondiendo lo contrario de que me preguntan.
En fin, no me quejo en absoluto de mi resultado, porque me ha sorprendido muy gratamente. Espero no confiarme demasiado con ello, no obstante, que eso a veces pasa inconscientemente. Y en fin, ahora... Neuro, denme ánimos y el sábado que viene ya veremos.

viernes, 26 de abril de 2013

Y me voy con pena


Hoy ha sido mi último día oficial de prácticas aunque se me olvidara llevar al jefe del servicio la hojita que acredita que he estado ya seis semanas pululando por la planta de Medicina Interna (MI). Entré como muchos de los que estamos haciendo el rotatorio de libre elección, para confirmar o descartar. Y es que las rotaciones clínicas son como una prueba diagnóstica dinámica. Conforme aumenta el tiempo que pasas bajo el ala de una determinada especialidad, tu intuición va perdiendo en sensibilidad (que al principio es máxima por eso de la sorpresa y el amor por lo nuevo) y ganando en especificidad. Esto quiere decir que cuando entras por un servicio para pasar una sola semana, sales diciendo que te ha sorprendido mucho y que te ha gustado más de lo que esperabas —con excepciones, claro—, pero es cuando empiezas a pasar algo más de tiempo que vas afinando hasta qué punto te gusta y qué es lo que te tira para atrás.

Pues creo que lo digo todo. Me voy con pena, con bastante pena, de la planta. Hoy además tuve la oportunidad de estar un pequeño ratito en la consulta externa, lo cual agradecí mucho por tener una perspectiva distinta de la actividad asistencial en MI. Yo temía que el ritmo distinto de trabajo me aburriese o abrumase, pero al contrario, me sorprendí viendo otro tipo de patología y de abordaje. Pero llevo seis semanas (interrumpidas por las cuatro semanas de Urgencias) en la planta, y uno se va acostumbrando al rollo. Y yo, que como bien saben soy un sentimental redomado, lo voy a echar de menos.

Como decía al principio, entraba para confirmar o descartar, y aunque saben que no me gusta dar nada por seguro, fiel a mi "ya veremos"; la MI ha terminado de limar asperezas conmigo. Mi concepción de: "voy a ver siempre lo mismo" se ha ido al garete en estas seis semanas. He visto muchas cosas distintas, casos más sencillos, casos más complicados, y ha sido ese cambio de chip constante el que me ha gustado. Ya la tutora andaba diciendo por ahí que era un próximo fichaje sin encomendarse a Dios ni al diablo, pero, ¿quién sabe? Si las cosas van bien con esto del MIR, a lo mejor y todo y le acabo dando la razón. Ya veremos...

lunes, 22 de abril de 2013

MIRando 1 - Soy alumno AMIR


Lamento decepcionarles si les digo que realmente no me lo pensé mucho. Desde hace mucho tiempo tenía bastante claro que, de quedarme en España, AMIR sería mi primera opción. Después de todo, mi gran amiga Mar hizo sus cálculos, y yo confío en sus capacidades matemáticas, y la verdad es que juntando eso a la metodología que ofrecen, los materiales y demás, la balanza se inclinó sin grandes dificultades hacia esta opción.

Formalizar la matrícula ha sido una especie de funeral de la idea de irme, pero sin tanta connotación negativa. Ha sido lo que debe ser un duelo, un proceso de adaptación. Rápido, y ha hecho real la decisión. Para los que somos tan ratas como yo, a los que haber invertido dinero nos graba a fuego el compromiso que hemos hecho, es lo que nos termina de convencer de que hemos dado un paso.

Y lo mejor de todo es que me siento muy bien y muy cómodo. La academia funciona muy bien y enseguida te tienen colocado, con tu tutor, tu plan de estudios personalizado (especialmente importante sobre todo si te incorporas in medias res como un servidor) y tus treinta emails de bienvenida con confirmaciones de que te han apuntado a no sé cuántas clases por videoconferencia, tutorías telemáticas y demás virguerías de los cursos a distancia. Porque sí, queridos lectores, lo haré a distancia. Escaparé de mi casa cuando llegue el momento y me recluiré en un agradable sótano en los montes de las medianías de Gran Canaria, "a.k.a" el de mi tía, y aunque parezca contradictorio, realmente espero que un matrimonio y tres hijos bastante ruidosos distraigan menos que mi querida abuelita. Y es que la quiero mucho, pero la doña no termina de captar que uno tiene a veces que estudiar.

Y ayer hoy he empezado mi andanza en esta primera fase de acercarse a los manuales con la Cardiología y la Cirugía Cardiovascular. Y es que, como es lógico, dado que tengo solo unas 6 semanas hasta cambiar a la fase de empezar a hincar codos de verdad, mi tutor me ha condensado en lo que queda de esta fase de contacto los manuales más importantes. Preparado estoy para una micro-"panzá" de Cardio, Digestivo, Estadística e Infecciosas... De momento toca leer, escuchar las clases en vídeo y subrayar cositas. Y el sábado mi primer simulacro, ya veremos qué tal se me da...

jueves, 18 de abril de 2013

¡Son cebras!


En tercero, cuando empezamos a meternos en esto de la clínica, un profesor nos dijo la siguiente frase —que no es suya, todo sea dicho—: "Si oye usted galope de cascos, piense en caballos antes que en cebras." Yo añado siempre el corolario: "A no ser que esté usted en la sabana africana, por supuesto.", no vaya a ser que haya alguien que se lo tome muy al pie de la letra.

Yo entiendo que estoy haciendo prácticas en un servicio de medicina interna, y soy consciente de que los internistas, sobre todo aquellos que trabajan en sitios donde su servicio no asume toda la patología que podría, viven bajo la persistente tentación de buscar diagnósticos sorprendentes. Los internistas son médicos a los que les gustan los retos, se ponen a prueba constantemente, disfrutan teniendo que estudiar una y otra vez para dar respuestas a los problemas aparentemente irresolubles. En un campo tan amplio, en el que entran tantas cosas y del que se publica constantemente, también es normal que uno ansíe publicar algo que haga que lo miren especialmente. Es que son muchos...

Pero de ahí al uso errático de los recursos va un trecho que se llama Gregory House. Sí, el fantasma de la televisiva reencarnación galena de Sherlock Holmes pulula en ese intersticio fatídico. Quizás se deba a que provengo de una de las generaciones que está comiéndose la crisis con papas fritas o a que soy una persona cuyas circunstancias le han hecho aferrarse a lo práctico, pero si algo tengo clarísimo es que las cosas hay que administrarlas con cautela. Esto no significa dejar de hacer pruebas necesarias, pero sí hacerlas en el orden necesario, restringiendo los exotismos al mínimo o a la última línea de diagnóstico a no ser que haya una sospecha enorme. 

El caso es que estoy ofendido. Lo debo decir. Me extrañaría que esto pudieran leerlo los aludidos, e incluso si lo hicieran, que supieran a qué me refiero exactamente, pero en aras de la corrección política y la cautela, digamos simplemente que he visto dos casos ya de juicios diagnósticos enormemente cuestionables. Sospechas de patologías altamente infrecuentes y difíciles de justificar, sobre todo cuando en un caso ya había pruebas de una causa alternativa, y en el otro se habían saltado varios pasos en la secuencia diagnóstica habitual.

En definitiva, que he visto cómo dos veces en el mismo día, alguien grita "¡Son cebras!" al sonido de cascos galopando. Y ni siquiera se plantean que pudieran ser caballos. Pero es que una cebra adorna mucho más que un caballo, ¡dónde va a parar!

miércoles, 17 de abril de 2013

Tomar decisiones con la cabeza fría


Esto es lo que tenía que haber hecho hace mucho tiempo: sentarme sin presiones, olvidando lo que me dicen, lo que se espera de mí, los deseos de los demás. La claridad vino inesperadamente. Llamé a mi tía entre nervios por nuevos datos que me hacían vacilar sobre la idea de irme, pero al oírla decir "tú tienes que hacer lo que a ti te haga sentir mejor", todo se disipó. Reconozco la idea absurda y sobrevalorada de que decepcionar a una de las mujeres que más admiro en el mundo —o la que más— me podía mucho. Y me fui creciendo, pero no con ira o con orgullo, me crecí en tranquilidad. 

Reafirmé lo que sé desde hace muchísimo tiempo: sé que hay motivos para irse, pero me pueden más los motivos para quedarse. No solo eso, concedí a los pros del quedarme el puesto que merecen. No son excusas, son razones. No todo el mundo tiene que compartirlas, a fin de cuentas, eso es lo que hacen de estas decisiones un tema personal, pero están ahí. Y analizando fríamente, con ayuda de los consejos de muchos amigos, me he dado cuenta de que las cosas no son en blanco y negro estrictos, que hay una gama de grises entremedio, y muchos colores más. Por supuesto que irme tiene sus ventajas, pero quedarme también las tiene.

He tenido que reconocer que me gusta tomar riesgos modestos, que aunque sí quiero independizarme, cambiar de aires y obligarme a sacarme las castañas del fuego, esto no pasa por hacer un cambio tan radical. Que España va mal, ciertamente, pero que aún no ha llegado el apocalipsis total, y que Alemania no es precisamente la Tierra Prometida. Aquí tengo acceso mucho más fácil a intentar acariciar mis ambiciones.

Igual que si me fuera, tendría tiempo para volverme si no me gusta, pasa al revés. Puedo quedarme, y si la experiencia no es la que yo pensaba, intentar irme. El tiempo es oro, sí, y precisamente por eso, pase lo que pase, y en todo contexto, es mejor cortar por lo sano en cuanto uno se da cuenta de que las cosas van mal que darle infinitas oportunidades. Hacer lo contrario sería maltratarse a sí mismo. Y esto es lo que he hecho. Concederme la palabra a mí mismo, cortar con la autocrítica destructiva.

He de agradecer enormemente, porque para mí este proceso de decisión ha sido muy sufrido, muy arduo y muy emocional, a los amigos que han estado ahí. A Seishi, que entre bobería y bobería de las nuestras me ha hecho recordar que tengo mucho de lo que enorgullecerme, gracias. A Mar, que me ha hecho coger la balanza con las manos y entender que las emociones y las expectativas propias son tan válidas como los criterios puramente técnicos, gracias. A Jomeini, que con una frase me enseñó que la superstición y el terror al futuro incierto no es más que eso, gracias. A Miss Cotufa, que incluso entendiendo perfectamente mi ansiedad me ha recordado cómo encajar los elogios con un sencillo "muchas gracias", muchas gracias. A mi familia, por pensar en lo mejor para mí. A todos los amigos y compañeros que han escuchado mis peroratas, a los profesores y resis del hospital que han vertido un poco de su experiencia sobre mí, a ustedes, los lectores del blog, ¡gracias!

Aquí me quedo, viendo los aviones irse. Aquí me quedo, echándole narices al MIR. Aquí me quedo, y ya veremos qué pasa, o quizás, ¿ya MIRaremos?